Ana María Palomino

Mi nombre es Ana, aunque cada vez me conocen más por Paloma, un nombre que sin duda
va más acorde con el proceso que vivo, y sigo hablando en presente, puesto que a pesar de
poner fin a esta etapa, creo que esto no ha hecho más que empezar.


Este año ha estado lleno de subidas y bajadas, de tropiezos, caídas y levantadas. Como un
camino al que decides acceder aunque veas un cartel que pone «Prohibido el acceso». Si
pone prohibido, es porque seguramente alguien no quiera que te metas ahí, posiblemente
porque sea peligroso, porque no sea fácil de atravesar, porque lleve a algún sitio que no sea
de tu incumbencia… mil cosas. Pero es que la única forma de saber lo que hay al otro lado,
es saltarme la verja, y explorar. Y eso hice, me desvié.

¿Por qué?

Porque en mi camino, en el ya conocido, no hacía más que encontrarme una y otra vez con las mismas piedras, los mismos charcos y los mismos árboles, que a pesar de ser lo mismo toooodo el rato, a veces
cambiaban la forma o el color y eso me hacía pensar que eran diferentes, pero que va,
seguían siendo las mismas trabas, las mismas mierdas que pisaba repetidamente. Y
cuando entras en ese bucle, en forma de relaciones que acababan en nada, enganches a
personas sin sentido y sentimiento de fracaso, es cuando te preguntas: ¿Y si este no es el
camino? ¿Y si hay otro modo de hacer las cosas? ¿Y si resulta que esto que se repite no es
mala suerte y al final va a ser que puedo hacer algo por cambiarlo?


Y en ese momento aparece Marga Hope, con su ironía y su sarcasmo, diciéndote las cosas
de frente y sin pelos en la lengua.


Marga es guay, en todo su conjunto, y tiene un modo de trabajar que quizás de primeras
pueda impactar, pero es justo eso lo que me conectó a ella. Su forma de ser «políticamente
incorrecta». Y te aseguro, que hace magia, hacemos magia. Este proceso ha estado lleno
de momentos, sincronicidades, causalidades y situaciones únicas que se que no podría
haber vivido de otro modo. He aprendido a levantar la mirada y ver señales que estaban
ahí, pero que no las podía ver porque estaba muy obcecada en mirar hacia abajo y pisar
cada una de las mierdas que había en el camino. He aprendido a tomar las riendas de ese
«potro desvocao que no sabe dónde va» cual Lola Flores.

He aprendido a poner nombre a
cosas y personas y por lo tanto, reconocer su existencia, valor y su influencia sobre mi. Y
sobre todo, y para mi lo más importante y de lo que más orgullosa estoy… HE APRENDIDO
A PONER LÍMITES. ¡Yo! Una mujer empoderada y dueña de su vida, hecha a sí misma y
blablabla… pero que no era consciente de que no sabía poner límites. Pensaba que sí, pero
no.


Marga ha sido una guía, que me ha ayudado a abrir mi mochila y ver mucho de lo que
llevaba dentro. Algunas cosas las hemos ido dejando por el camino, otras las hemos
recogido, y también hemos metido algunas herramientas que serán útiles a la hora de
seguir avanzando. Lo que mola, es que ahora me siento capaz de caminar por donde sea,
porque tengo la seguridad de saber lo que llevo conmigo, y ojo, no estoy diciendo que lo
que me espera ahora sea un camino de rosas, pero si se que voy preparada para saltar
charcos, patear piedras, subirme a los árboles y esquivar mierdas.


No puedo estar más agradecida a Marga y a su equipo por ayudarme a hacer consciente lo
inconsciente, por acompañarme en el camino y por conseguirme las zapas de trekking que
tanto necesitaba.


Fdo: Una oveja negra descarriada con zapas nuevas y alma de Paloma voladora.

Por cierto! La foto es de un día que celebré mi no cumpleaños, porque yo lo valgo.

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