¿Por qué hago lo que hago?

Esto es una historia trágica, pero con final feliz. Si este tipo de películas te aburren, sal de aquí. 

A ver cómo te lo digo para que no suene a flipada: Me hice amiga de mi mayor bully (bully como ser que me humilla y se mete conmigo).
Si, mi herida.
Ahora es una aliada, después de darnos de ostias hasta en el pasaporte. 

En mi vida, he pasado por una serie de acontecimientos que al principio me parecían totalmente aislados y solía considerar “LA matrícula de honor de la mala suerte”.

A los 10 años de edad empecé a recibir mucho bullying. Digamos que se cebaron bastante conmigo. (Empiezo por aquí porque es donde comenzaron mis preguntas dramáticas.)

Salía del colegio y le preguntaba a mi madre: ¿por qué me pasa esto a mí?

Mi madre no tenía respuesta, solo me podía decir “lo siento”y cargar con un sentimiento de impotencia “importante”. 

Crecí en mi adolescencia con varios problemas en relación con la estética corporal.
No tenía tanto que ver con mi cuerpo (aunque también), el conflicto lo tenía más con mi cara porque había sido el objeto de burla de muchas bocas durante varios años. 

La presión pudo conmigo y después de acudir a varios cirujanos y escuchar “horribles” soluciones que me daban, decidí decantarme por el que más “fácil” me lo vendió. 

Y me operé la cara.

¿Por qué te cuento esto? Porque tiene que ver con mi oficio y el motivo de que trabaje ayudando a la gente a quererse un poquito. ¿Te suena lógico?

Mi autoestima, para ese entonces, ya estaba suficientemente tocada.

Ese punto de no-amor hacia mi misma me hizo terminar manifestando relaciones que reproducían ese carácter tóxico.

Y me perdí. 

Me perdí hasta llegar a un punto de no retorno. 

Sin entrar en mucho más detalle sobre lo que ocurría dentro de mí en ese entonces (creo que es relativamente fácil imaginarlo), esa situación hizo que me encontrara sin salida y que buscara ayuda. 

Primero la busqué dentro de mí. 

Me aislé. 

Fui hasta el Amazonas y me encerré 21 días sin conexión con el mundo. 

No bastó. 

Lo que había dentro de mi era “falta de amor”.

Probé cosas, métodos, hablé con gente “sabia”.

Nadie me podía ayudar porque seguía en un ciclo vicioso del que no podía salir en cuestión de relación, de autoestima y hasta de identidad. 

No sabía quién era. 

Entonces decidí buscar ayuda. 

Empecé con la psicología a los 20, pero soy muy dura de roer y no me funcionó una m**. 

Pasé a los enteógenos a los 21 (cosa que a día de hoy no considero necesario y en algunos casos, contraproducente), tampoco era suficiente. 

Empecé a estudiar técnicas de auto-sanación en los campos de la bioenergética a los 23 (aunque ya hecho cursos sobre ello a los 18).

Eso me ayudó. Me ayudó a sacar la cabeza fuera del agua. 

A respirar.

A través de estas enseñanzas empecé a trabajar mi sombra, pero de una forma muy bruta, dando bandazos y haciéndome daño. 

Consideraba que había encontrado EL MÉTODO.
Con lo cabezota que soy, al menos con eso veía un poco de cambio. 


Me equivocaba. 

Sobre todo porque no me había dado cuenta de que estaba dentro de una organización jerarquizada y sectaria (si, el mundo espiritual tiene estos ámbitos de peligro, compañer@). 

De la que me echaron. 

Gracias maestra por tal bendición. 

Que la vida te provea. 

Esto pasó unos meses después de mi vuelta de Egipto; un viaje que cambió mi percepción de la espiritualidad y que fue el inicio de mi curiosidad en los códigos de la alquimia y de la realidad. 

Ahí conocí a una verdadera maestra. 

Un ejemplo de mujer (Y DE SER HUMANO) que me empujó a empezar a estudiar Bio-descodificación. 

Eso hice. 

Descubrir esta herramienta fue el aleluya; poder unir la razón y la emoción.
Un soplo de aire a mis necesidades de comprensión. 

Ahí fue cuando empezó de verdad toda la acción terapéutica. 

Hasta ahora solo había sido “meter el dedo del pie gordo para probar la temperatura del agua”

Abramos el cajón de la mierda. 

Comenzó a cobrar sentido toda mi historia. 

A encontrar  respuesta a todos esos porqués que mamá no había podido darme;  las razones de mi mala suerte. 

A través de esta herramienta ya nada era casualidad o aleatorio. Nada era un accidente. 

Eso me calmaba mucho. ¿Por qué?, porque mi mecanismo de huida del dolor era entender las cosas. 

Si entiendo lo que ocurre no duele. 

Las personas usamos este mecanismo de huida cuando el dolor en la infancia ha sido fuerte.

Se resume en un:

-Necesito entenderlo todo. 

-Si lo entiendo no duele. 

-Si no duele, controlo. 

Esto además se une a una estrategia de comportamiento que llevaba programada por mi nacimiento, que tiene que ver con la capacidad intelectual

-Me diagnosticaron una discapacidad mental de forma errónea (una negligencia médica). 

Este diagnóstico fue realizado con base en mis rasgos físicos que habían quedado afectados por un parto muy problemático. 

¿Querías caldo de drama? Taza y media. 

Entender el porqué de las cosas es mi metadona a mi propio trauma. 

Estudiar el funcionamiento de la realidad, también. 

De hecho, no he parado de estudiar. 

Yo no soy tonta. 

Ni podía permitirme parecerlo, ahí está mi punto de dolor.

Soy una camello de los porqués.

Y de los estudios de los porqués. 

Entendí, además, que este accidente familiar (porque menudo trauma causó este diagnóstico en mi familia), no era cuestión de mala suerte.

¿Ah, No?

Era una memoria transgeneracional de una niña con la que comparto el nombre (mis padres me lo pusieron en honor a otro miembro familiar), que no fue ni siquiera reconocida en el árbol y murió a los 15 días de haber nacido, la que sería hoy mi tía-abuela. 

Justamente murió por una malformación congénita en su cara, exactamente en el mismo lugar donde yo he recibido el bullying, donde yo sufrí la herida del parto, el diagnóstico erróneo y mi cirugía estética. 

SI esto te parece flipante…es poco con las sincronicidades que he ido encontrando.

Hoy, contándolo, la hago a ella presente. 

Le doy su espacio. 

La reconozco. 

Y Me reconozco. 

Este era el propósito.

Este ha sido el drama de mi vida.

Y cuando descubrí el sentido aplastante, entendí que quería especializarme en biodescodificación y psicosomática.

Tanto por el  alivio que había vivido yo al entender el sentido de mi historia, como por lo fácil que era para mí encontrar las sincronicidades y los porqués en la de los demás.  

Por eso, quise perfeccionar la técnica y no la he estudiado en un solo instituto sino que ya son 3. 

SI, como si hubieras repetido la carrera (en uno es de 2 años, en otro de 1 y en el último que estoy cursando, 3 y medio) 3 veces, desde 3 visiones distintas.  

Por eso puedo decir que he convertido mi herida en mi oficio. 

Ahora que te he explicado todo el drama de mi vida, es más fácil comprender porqué hago lo que hago. ¿Verdad? 

Hasta aquí te puedes imaginar que para un ser que ha vivido tal nivel de rechazo (sé que hay gente que ha podido vivir mucho más), mostrarme a esta profundidad (Y EN LAS REDES), no es algo sencillo. 

Dejarme ver es mi forma de transitar mi herida de rechazo.
No porque haya desaparecido, sino porque no le tengo más miedo. 

Las heridas no se superan, se convierten en oro. 

De todo aprendemos. 

Solo que hay que verlo con otros ojos. 

Quizás con los del pecho. 

Aquí te dejo un vídeo para que entiendas un granito más de mi historia. 

Míralo con los ojos del pecho.

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2 comentarios

  1. Acabo de ver tu vídeo. Me ha llegado al alma. Tuve una mala infancia de maltratos, etc…
    Hace poco que te sigo, y me has impactado mucho. Miles de gracias por todo lo que trasmites. 🙏🙏🙏
    A parte lo divertido que haces tus bloques.
    Haces que lo entienda mucho mejor.
    Me encantaría informacion para hacer «terapia» Contigo.

    1. Jessica, puedes dejarme tus datos en la sección de sesiones 1:1. Y en nada te diré que podemos hacer. Un fuerte, fuertísimo abrazo.
      Gracias por mirar mi historia y honrar mis zapatos. Honro los tuyos.

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