No está permitido estar rot@.

Todos, absolutamente todos, todos y sin ninguna excepción llevamos traumas. La vida en sí es una experiencia difícil, intensa, compleja. ¿Sigo?

No creas que un monje budista no tiene traumas, porque tiene. Quizás no tantos por la cantidad de tiempo que dedica a observarse. Porque viven en principios de castidad (cosa que ya elimina muchos factores de posible trauma) o porque se ocupan la mente con vacuidad. 

El consejero espiritual que sigues en Instagram también tiene traumas.
Tu coach también tiene traumas
Tu ídolo por excelencia tiene traumas
Tu maestro tiene traumas.
Considero que ha quedado claro. 

Algunos han decidido tomar senderos de vida (que incluyen una práctica espiritual muy metódica o extrema- bajo mi punto de vista) que hacen que estén más tiempo en vacío mental; que hayan aprendido a ejercer una separación entre lo que sienten y su reacción. 

Todo ello es perfecto. 
Pero quizás tú, que te levantas a las 7 de la mañana para ir a trabajar y antes de las 8 ya te has cruzado a dos gilipollas, quizás lo tienes algo más complicado. 

No estoy diciendo que el camino del monje o del ermitaño sea fácil. Es un camino de reclusión que no todo el mundo podría llevar. 
Pero, hay otras formas de catarsis internas que quizás estás usando sin darte cuenta. 

Una de ellas y para mí la más ruidosa son las relaciones
Las relaciones son movimientos de transformación acelerada y a la vez la más difícil de llevar. 
¿Por qué? 

Chic@ pues porque ahí entra en juego el libre albedrío de uno y el libre albedrío del otro. 

Ya no caminas sol@.
La sombra de uno con la sombra del otro.
¿Has dicho sombra?

Uhhhh, sombra. 
A ver, unicorni@, bájate de la parra.

La sombra no es el monstruo que sale de debajo de la cama para producirte parálisis del sueño.
Es una parte de ti que no te agrada y escondes. 

Que curiosamente deja de ser sombra cuando tu misma le dices “¿hola q tal? ¿Q ase?» Y la admites como parte de ti. 

Claro, no es algo que lleves por bandera. 
Como cabe esperar, cuando empiezas una relación no lo llevas en plan pancarta: “Hola, quiéreme, estoy traumao” 
No. 
No conviene porque la gente saldría corriendo. 

Y tú lo que quieres es lo contrario. 
Por lo que, ¿qué hacemos señoras y señores? 
Maquillarlo. 
Si si, con primer, prebase, base y polvo compacto. 

Lo escondemos. 
¿Por qué? Por miedo. Of course. Miedo a que el otro me rechace. 

Todos, absolutamente todos tenemos miedo al rechazo. Porque el rechazo produce dolor. 
El abandono o la pérdida produce vacío. Porque llevamos heridas de infancia y entramos directamente en ellas cuando nos rechazan o abandonan. 

Esto no es algo nuevo, más bien que la dialéctica de ahora ha cambiado. Para mí, empeorado. 

Creo que los humanos hemos llegado a un punto de tanta información sobre “lo que debería ser” que hemos entrado en un “escenario de perfección” en las relaciones donde no se nos permite “estar rotos”

Lo que ocurre a partir de aquí son escenas muy diversas:

-Desde las personas que viven sus roturas como mierda que huele de lejos. 

-Hasta las personas que estando en una relación te dicen “encárgate tú de la tuya y no me la pongas encima de la mesa”. 

Dando relaciones donde no existe la intimidad.

Porque la intimidad es eso: La profundidad a la que me dejas entrar en tu corazón

Y tu corazón, al igual que el mío, está roto
Y eso está bien. 
Te hace human@. 

Ahora vivimos momentos en los que lo que significa tener pareja se ve difuminado. 
Hay tantas teorías, tantos puntos de vista, que nos perdemos. 

Para mí (que no tengo la verdad absoluta, CUIDAO) hay mecanismos de evasión de la intimidad escondidos bajo frasecitas como “is qui isi is ti priblimi”: tu trauma, tu mierda.

Y en algunos casos ni siquiera es necesario que te digan esto. 

Tantos son los consejos de autoestima que has recibido, tantas son las teorías de tus amigas, tantas las sesiones de coach, que cuando te encuentras ante tu propio dolor, ante tu trauma, te avergüenzas de ello. ¿Seré tonta por sentir esto?

Y entramos en un bonito bucle. 

Señoras y señores. 

Las relaciones son esto. 

Son dinámicas de crecimiento. 

Son intimidad

Son profundidad. 

Y si hasta ahora te habías sentido gilipollas por anhelar esto, aquí vengo yo a clavar la bandera y honrar tu deseo. 

Lo que determina la intimidad en la pareja no es el “cuanto se quieren”, “cuanto sexo tienen”, “cuanto tiempo comparten”, “cuanta afinidad mental hay”.

Lo que determina la intimidad en la pareja es la capacidad de toparse con las sombras de ambos y encontrar formas JUNTOS para contener el dolor del otro sin perder la identidad de uno. 

Eso, amiga mía, no es hacerse cargo de la mierda del otro. 
Es acompañarlo para que pueda mostrarla sin vergüenza, sin maquillaje.

Es encontrar dinámicas resolutivas. 

Es crecer juntos. 

Porque si no hay intimidad, mejor estar solo.

Porque si no crecemos juntos, ¿para qué estamos en pareja? 

Mi visión. 
Que no tiene por qué ser la verdadera.

Y si quieres, aquí sí que podemos jugar a quién la tiene más larga.
Quién se mete más profundo en el otro.

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3 comentarios

  1. bonito post Marga¡¡
    Me abruma sobremanera esa intimidad de la que hablas, quizá pq me abruma afrontar mi sombra y por ende la del otro.
    Así es la vida. El ppio del post es muy alentador, no soy la única pringanda que tiene traumas, vamos que no soy especial.
    GRACIAS

    1. Que bueno que lo digas. Creo que esa sensación de «me abruma» explica mucho el tipo de relación que estableces inconscientemente con el/la otr@.
      Y comprendo lo que sientes.
      Entrar en el otro, la otra. Dejarle entrar en ti, no es algo fácil. Pero sí catártico.

  2. En mi caso creo que estoy muy acostumbrada a aceptar en los demás esas sombras, en encontrarles lógica y en esta dispuesta a ayudarlos con ella. Me ha tocado cargar con cosas que quizá me superaban a la edad a la que me tocaron y por eso tengo un sentido de responsabilidad afectiva hacia los demás grande. El problema es que cuando se da en el sentido contrario, me cuesta más… no es que no confíe, es que a veces empiezo a confiar y percibo a la otra persona muy distante, indiferente o incluso desagradable… y entonces me cierro del todo. Es decir, siento que me termino rodeando de gente que no es capaz de aceptar mis sombras, e incluso que intenta hacerme sentir mal por tenerlas (a día de hoy he trabajado mucho en aceptarlas y en tratarme con compasión, pero antes sufría mucho por ello) y lo malo es que, para colmo, tolero esa intolerancia de los demás hacia mí porque entiendo desde dónde lo hacen (porque yo me trataba así antes)… pero claro, al mismo tiempo, me quedo ahí y me duele, como si esperase que la otra persona tuviese el mismo proceso que yo para cuidar de otros y de sí mismos… lo cual no es realista. Y para empeorar la cosa, sí, he dado con gente que sí parece interesada en aceptarlo todo de mí…. pero los noto tan ansiosos por conocerlo todo de mí, que me abruma sobremanera, como si sintiera que es alguien que irrumpe en mi casa desnudo y con ganas de desnudarme cuando yo lo único que he hecho ha sido decirle de quedar a dar una vuelta algún día y sin compromiso.
    Admiro mucho tu trabajo y me encantaría empezar, pero de momento tendrá que esperar porque he decidido hacer una gran inversión volviendo a la universidad… aún así, me quedaré por aquí por tu blog a la espera de poder permitirme el resto de tus servicios porque realmente me has convencido.
    Un abrazo!

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